Déjame empezar por donde casi nadie empieza: por la parte en la que todo parecía estar bien.
Yo fui la niña buena, la hija modelo, la que estudió lo que se debía, se graduó con honores, sacó el posgrado y consiguió el trabajo que en mi familia se veía como un logro enorme. Llegué a ser gerente de mercadeo en una de las empresas más grandes del país, con el cargo, la tarjeta y el nombre en la puerta. Vista de afuera, mi vida parecía exactamente lo que una mujer debía querer.
Por un rato lo creí yo también, aunque ese rato no duró ni dos años.
No fue una crisis con fecha ni un derrumbe de esos que caben en una anécdota, sino algo más callado: una incomodidad que aparecía los domingos en la noche y que yo tapaba con la agenda del lunes. Era la sensación de estar viviendo una vida impecable que no se sentía mía, sin saber bien por qué.
Tardé en ponerle palabras, y cuando lo hice, la pregunta me dejó fría: ¿y si todo esto que construí nunca fue realmente lo mío?
Si estás leyendo esto, seguramente conoces esa pregunta que llevas guardada meses o años, la que escuchas bajito cuando apagas la luz y silencias rápido porque hacerle caso da miedo. Es el miedo a que cuestionarla ponga en duda todo lo que construiste, porque nadie quiere descubrir que escaló la montaña equivocada.
Quiero que sepas algo desde ya, antes de que sigamos: que sientas eso no significa que estés roto, ni que seas un malagradecido, ni que hayas desperdiciado tu vida. Significa que una parte de ti despertó y ya no se deja dormir, y créeme que esa parte es la mejor noticia que vas a recibir en mucho tiempo.
Lo que vino después de esa pregunta no fue bonito ni rápido: fue largo, incómodo y necesario. Te lo voy a contar todo, capítulo a capítulo, sin maquillaje; pero hoy quédate solo con esto: el primer paso no fue cambiar de vida, sino atreverme a admitir que la que tenía ya no me alcanzaba.
Aunque no lo parezca, ese paso lo cambia todo.
Te amo,
Ileana


























